domingo, 21 de octubre de 2007

Cosas para ver III: espejito, espejito...


Uno de los primeros cuentos que uno lee, o ve representado en la tele o en una de esas diabólicas películas de Walt Disney (el hombre se pegaba algo y bien fuerte), es Blancanieves. Joven, virginal y hermosa joven, con peculiar sentido de la moda, huye de malvada, oscura, pero kind of sexy madrasta-bruja que quiere matarla (¡y arrancarle el corazón!... Tarantino estaría orgulloso), porque un día la señora madrastara escuchó que la muchachita era más hermosa que ella. Las bases para semejante acción no vinieron de su satánica mentecita o la mononeurónica del marido, padre de la mencionada criatura (en ese cuento, el padre resultó parte del decorado), sino de su Espejo parlante. Ese man de jeta verdosa que le dijo que la más guapa del reino era la jovenzuela en cuestión. Así que, ¡ahí tá! pretexto para matar a la guagua y quedarse con la corona. Desde ahí, uno sabe que algo mal anda con los espejos, y lo peor es que uno tiene que enfrentarse a ellos todos los días. Ahí está uno, mirándose la carota todos los días, so pena de salir con un pegote de pasta de dientes o con los pelos parados.

Los espejos habían sido atributos maravillosos. Alicia, en el cuento, se pasa al otro lado del espejo en el mundo fantástico y un poco perverso de Lewis Carroll; si te fijas, dice la leyenda, puedes ver en los cristales a los demonios que no puedes ver con tus propios ojos. Hasta en uno de esos libros del niño mago, cuyo nombre no quiero acordarme, aparece la clásica escena del espejo, en donde el chamo ve a sus padres por primera vez.

Ok, los espejos eran puertas para la magia. Todo bien. Hasta que un día, en algún momento de la Historia, se volvieron una forma de fundamentar los estándares que nos imponen. Desde ahí nos miramos como loquitos. Unos tratan de salirse del estándar con cualquier artificio que va desde practicarse agujeros hasta pintarse el pelo de color imposibles, mientras que otros sufren por meterse en el estándar, con narices, orejas, ojos, y pelo supuestamente "perfectos". Aparte de eso, hombres y mujeres intentan modelarse dentro de una figura que alguna vez fue patrimonio de los zancudos y las mantis religiosas, pero que ahora es símbolo de bacanería y salud. A esto se añaden esa extraña obsesión por cortarse, sacarse trozos, doblarse y contorsionarse para salir con esa carita y ese cuerpito que todos desean. Yummy, yummy.


No quiero hablar sobre la presión de los medios sobre la autoestima, o de la belleza interior. Lo que quiero decir es cómo los espejos, que si bien servían para verse a uno mismo, eran formas de mirar otros mundos, de ir más allá de lo que tu rostro se muestra. En este momento son casi fábricas en masa de imágenes idílicas de seres humanos, y no de gente de verdad. Decidimos que todos debemos ser iguales, objetos creados en una línea de producción, y nos dejamos mangonear así, mientras hacemos nuestra "puesta en escena", frente a la luna del espejo.


Nos siguen mandando, como soldaditos de plomo, a guerras que resultan inútiles, nos meten ideas prefabricadas en el sistema educativo, nos santiguamos en masa porque sí, y nos ponen uniformes para mandar a otros porque así tiene que ser. Todo al creer que debemos ser igualitos, como nos dicen. Luego, cogemos esos disfraces y nos los probamos frente a nuestros espejos.

Solo queda bajar las armas, hacer las paces con los espejos, y volver a sentir nuestra individualidad, nuestro ser. Mirarnos a nosotros mismos y aceptar que no podemos ser mímesis totales de los otros, ni que los ellos tienen que ser iguales a nosotros. De esa manera, se puede matar a la malvada madrastra, o dejarla en paz, para que vuelva a sus pócimas y a sus calderos, mientras que el cari-verde se quede hablando solo, y perdido, en su propio infierno.

(La ilustración es de José Ángel García Landa, chequéenlo: http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/expo3.html)

7 comentarios:

Carlos dijo...

...yo digo que los espejos mejor invertidos fueron los que les cambiaron a nuestros incas por oro...que envidia no?
;)

Slds Gilda...

Nita- dijo...

Malditos espejos.

Ludovico dijo...

Un amigo decía que el mayor acto de iconoclasmo es romper todos los espejos del mundo. A laflta de reflejo que nos haga vernos mal nosotros mimso, tendríamos que reflejarnos en los ojos de otro.

Y eso, El Otro, es lo que cuenta

(Playing mind-psycho-games, family style. U know what i mean)

Ursus Andinus dijo...

(primero) Gracias por el coment.
Forma y realidad se miran, el espejo muestra la forma de esa realidad, más esa forma no es la realidad.
Hay que tener cuidado de los espejos...

Dragonfly dijo...

Espejito, espejito.... ufa! ay días que para mi es una tortura, en mi afán de querer verme como lo que no soy o de tratar de sentirme la chica sexy que se que soy pero a veces se esconde, pero en otros días no sirve más que para decirte que se te aflojó algo de aqui o de allá.

Los espejos, como el de la bruja sexy madrastra no deberían decirnos lo que no queremos, sino más bien resaltarnos todo lo bueno que llevamos dentro.

Besos ;)

WILKIN URBANO dijo...

Los espejos no son los culpables, los culpables somos nosotros; nosotros somos lo que nos podemos auto criticarnos, auto evaluarnos, etc.

WILKIN URBANO dijo...

Los espejos no son los culpables, los culpables somos nosotros; nosotros somos lo que nos podemos auto criticarnos, auto evaluarnos, etc.